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una visita al paraíso
POLINESIA
POLINESIA

Tahití, Bora Bora, Raiatea y todo lo que palpita en el paisaje y la historia de uno de los destinos más deslumbrantes.

En los mapas se la suele ubicar en un extremo izquierdo, cerca de donde el cartógrafo coloca sus referencias: la escala, la rosa de los vientos, el pie de imprenta. Un distraído podría tomarla por una manchita que superó todas las supervisiones editoriales. No hay nada en los mapas que deje adivinar la belleza extraordinaria de las islas que conforman la Polinesia Francesa: 183 islas agrupadas en cinco archipiélagos que abarcan una amplia franja del Pacífico, que se expande desde el Sur hacia la línea del Ecuador.

POLINESIA

Polinesia

En los mapas virtuales la situación no es menos enigmática: la pantalla muestra una mancha apenas más grande y más dispersa -una incógnita muy similar a la de los mapamundi escolares, a medida que el zoom permite mirar "desde lejos" para hallar referencias geográficas familiares, sólo un inquietante y omnipresente color azul. Cuando uno llega a distinguir, en medio de ese azul que es el Pacífico, alguna marca reconocible (Australia, Nueva Zelanda, el sur de la China), entonces la Polinesia ha vuelto a desaparecer. Los mapas no dicen nada de la exuberante hermosura de la Polinesia.

Para eso están las guías de turismo, cuyos colores vivos y un poco saturados inspiran, sin embargo, e inevitablemente, un vago escepticismo. No es posible -piensa uno que el sol allá siempre brille, que todo el mar tenga este color turquesa, que las flores efectivamente florezcan en cada temporada, y que la gente tenga una sonrisa amable a cualquier hora y baile todavía hoy de esa manera ostentosamente sensual. Las guías no dicen nada de las sensaciones poderosamente humanas de la Polinesia.


Del imaginario a lo real


Recurrimos a la buena literatura: ella debería poder decirnos algo muy auténtico. Están los relatos de Robert Louis Stevenson, cuyo padre construyó el primer faro que aún alumbra desde Punta Venus, en Tahití. Está La luna y seis peniques, de Somerset Maugham, cuya recreación de la vida de Paul Gauguin en Polinesia apenas logra mitigar la propia fascinación del inglés por la subversión de todas las costumbres burguesas, especialmente la del matrimonio heterosexual.

Están, en fin, los Cuentos del Pacífico Sur, de Jack London. Pero cuanto más nos apasionan esos relatos tanto mayor crédito tiene la fantástica imaginería de sus autores. ¿Y si esa Polinesia literaria también fuera un invento no del todo creíble?

Antes de viajar, la definición más precisa que me dieron de la Polinesia Francesa fue sustantiva: "paraíso". Hay que concluir que el testimonio directo de nuestros sentidos -todos ellos se ponen en acción apenas pisamos Papeete sigue siendo la mejor fuente de conocimientos e información; particularmente en la Polinesia. Y que los ojos, el oído, el tacto, el gusto y el olfato del lector serán mejores testigos que los de la crónica presente, pasada y futura.

Los sentidos entran en acción ya en el aeropuerto, donde reciben al visitante con música de ukelele y collares de flores. El vuelo de LAN que arriba a Papeete desde Buenos Aires, pasando por Santiago de Chile, Isla de Pascua, llega de noche, de modo que los lugareños se las ingenian para despertar otras sensaciones ya que la vista está más limitada a esa hora.

Al bajar del avión, dos chicas, de florido estampado tradicional, le cuelgan a uno el arreglo floral que veíamos de chicos en La Isla de la Fantasía. Esas flores -una variante del azahar, combinada con pétalos silvestres rojos y amarillos , trenzadas con maestría, tienen un aroma penetrante y exquisito que acompaña al viajero durante toda su estadía. Lo mismo ocurre con la melodía del ukelele y sus instrumentos de percusión, que alcanzan su máxima expresión durante el Haiva Festival (ver Imperdible).


Por la capital de Tahití


Papeete, capital de Tahití, la isla más grande de todas, concentra la mayor parte de la población así como la vida económica y política del país. La Polinesia es un protectorado francés, que reproduce en la arquitectura decimonónica de su Municipalidad el modesto palacio amarillo que las autoridades coloniales "obsequiaron" a la última reina tahitiana, la admirada Pomare IV, cuando ésta, tras siete años de guerra devastadora iniciada por los europeos, se avino a firmar semejante acuerdo de "protección contra enemigos externos" con la flota enviada desde París.

Por cierto, uno no ha llegado hasta aquí para estudiar tales materias; aunque una visita al Museo de Papeete, con su vitrinas ricas en anécdotas, fotografías y curiosidades, dejará muy satisfecho al historiador intuitivo que esconde el corazón de cada turista vocacional.



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