En
los mapas virtuales la situación
no es menos enigmática:
la pantalla muestra una mancha
apenas más grande y más
dispersa -una incógnita
muy similar a la de los mapamundi
escolares, a medida que el zoom
permite mirar "desde lejos"
para hallar referencias geográficas
familiares, sólo un inquietante
y omnipresente color azul. Cuando
uno llega a distinguir, en medio
de ese azul que es el Pacífico,
alguna marca reconocible (Australia,
Nueva Zelanda, el sur de la
China), entonces la Polinesia
ha vuelto a desaparecer. Los
mapas no dicen nada de la exuberante
hermosura de la Polinesia.
Para eso están las guías
de turismo, cuyos colores vivos
y un poco saturados inspiran,
sin embargo, e inevitablemente,
un vago escepticismo. No es
posible -piensa uno que el sol
allá siempre brille,
que todo el mar tenga este color
turquesa, que las flores efectivamente
florezcan en cada temporada,
y que la gente tenga una sonrisa
amable a cualquier hora y baile
todavía hoy de esa manera
ostentosamente sensual. Las
guías no dicen nada de
las sensaciones poderosamente
humanas de la Polinesia.
Del imaginario a lo real
Recurrimos a la buena literatura:
ella debería poder decirnos
algo muy auténtico. Están
los relatos de Robert Louis
Stevenson, cuyo padre construyó
el primer faro que aún
alumbra desde Punta Venus, en
Tahití. Está La
luna y seis peniques, de Somerset
Maugham, cuya recreación
de la vida de Paul Gauguin en
Polinesia apenas logra mitigar
la propia fascinación
del inglés por la subversión
de todas las costumbres burguesas,
especialmente la del matrimonio
heterosexual.
Están,
en fin, los Cuentos del Pacífico
Sur, de Jack London. Pero cuanto
más nos apasionan esos
relatos tanto mayor crédito
tiene la fantástica imaginería
de sus autores. ¿Y si
esa Polinesia literaria también
fuera un invento no del todo
creíble?
Antes de viajar, la definición
más precisa que me dieron
de la Polinesia Francesa fue
sustantiva: "paraíso".
Hay que concluir que el testimonio
directo de nuestros sentidos
-todos ellos se ponen en acción
apenas pisamos Papeete sigue
siendo la mejor fuente de conocimientos
e información; particularmente
en la Polinesia. Y que los ojos,
el oído, el tacto, el
gusto y el olfato del lector
serán mejores testigos
que los de la crónica
presente, pasada y futura.
Los sentidos entran en acción
ya en el aeropuerto, donde reciben
al visitante con música
de ukelele y collares de flores.
El vuelo de LAN que arriba a
Papeete desde Buenos Aires,
pasando por Santiago de Chile,
Isla de Pascua, llega de noche,
de modo que los lugareños
se las ingenian para despertar
otras sensaciones ya que la
vista está más
limitada a esa hora.
Al bajar
del avión, dos chicas,
de florido estampado tradicional,
le cuelgan a uno el arreglo
floral que veíamos de
chicos en La Isla de la Fantasía.
Esas flores -una variante del
azahar, combinada con pétalos
silvestres rojos y amarillos
, trenzadas con maestría,
tienen un aroma penetrante y
exquisito que acompaña
al viajero durante toda su estadía.
Lo mismo ocurre con la melodía
del ukelele y sus instrumentos
de percusión, que alcanzan
su máxima expresión
durante el Haiva Festival (ver
Imperdible).
Por la capital de Tahití
Papeete, capital de Tahití,
la isla más grande de
todas, concentra la mayor parte
de la población así
como la vida económica
y política del país.
La Polinesia es un protectorado
francés, que reproduce
en la arquitectura decimonónica
de su Municipalidad el modesto
palacio amarillo que las autoridades
coloniales "obsequiaron"
a la última reina tahitiana,
la admirada Pomare IV, cuando
ésta, tras siete años
de guerra devastadora iniciada
por los europeos, se avino a
firmar semejante acuerdo de
"protección contra
enemigos externos" con
la flota enviada desde París.
Por cierto, uno no ha llegado
hasta aquí para estudiar
tales materias; aunque una visita
al Museo de Papeete, con su
vitrinas ricas en anécdotas,
fotografías y curiosidades,
dejará muy satisfecho
al historiador intuitivo que
esconde el corazón de
cada turista vocacional.

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