En
su best-seller, “Acciones a largo
plazo” [Stocks for the Long Run],
Jeremy Siegel, profesor de Finanzas de Wharton,
dice que un dólar invertido en oro
en 1801 valdría 1,95 dólares
a finales de 2006, mientras que un dólar
invertido en una cesta de acciones que reflejara
el mercado como un todo habría alcanzado
un valor superior a 755.000 dólares.
Un dólar invertido en bonos de largo
plazo habría aumentado hasta llegar
a los 1.000 dólares, mientras que
un dólar invertido en títulos
del Tesoro y en valores “monetarios”
similares de corto plazo habría alcanzado
los cerca de 300 dólares.
“Los precios del oro tienden a moverse
según las emociones de los inversores”,
dice Siegel. Los inversores y especuladores,
con sus ofertas de compra, elevaron el precio
del oro el año pasado porque lo consideraron
un puerto seguro dada la retracción
del crédito, la desaceleración
de la economía, la inflación
creciente y la volatilidad del mercado de
valores. “En tiempos de crisis financieras,
de inflación, cuando no se confía
en la moneda, el oro gana fuerza”,
dice. “Pasado el temor, éste
se desvaloriza”.
Una adquisición fácil
Con excepción del oro de las joyas,
a los americanos se les impidió poseer
oro en especie de 1933 a 1975. Con el fin
de la prohibición, el precio de 35
dólares la onza, establecido por
el gobierno, se abandonó, lo que
hizo que el precio del oro llegara al máximo
registrado en 1980. De 1975 en adelante,
y durante muchos años, no fue nada
fácil para un inversor común
hacer negocio con el oro. Era posible vender
una joya antigua en una tienda de empeño
o en una joyería, pero por un valor
probablemente bastante menor que su valor
real. Algunas empresas vendían monedas
de oro que eran comercializadas. Sin embargo,
como ítems de colección por
precios superiores al oro que contenían.
Una vez adquirida una pieza de oro, a continuación
había que afrontar el inconveniente
y el gasto del almacenamiento del ítem.
Hoy, invertir en oro es simple. “Una
de las razones por las cuáles el
oro se revalorizó tanto es porque
se trata de algo mucho más fácil
de comprar que antes”, dice Siegel.
Tal vez la forma más simple de hacerlo
consista en adquirir acciones de StreetTracks
Gold Trust, un fondo cotizado en bolsa cuyas
acciones pueden ser compradas y vendidas
como otra acción cualquiera con denominación
GLD (GOLD). Cada acción representa
un décimo de una onza de oro. A finales
de abril, el precio de las acciones era
de cerca de 86,70 dólares. Los inversores
en GLD jamás tocan el metal.
Esos inversores obtuvieron muy buenos resultados,
con ingresos medios del 28% en relación
a los cuatro últimos años,
de acuerdo con Morningstar, empresa de datos
del mercado. Morningstar advierte que los
pequeños inversores que se interesan
por el oro suelen comprar cuando está
al alza, y cuando los precios vuelven a
su nivel normal, se decepcionan y venden
el montante adquirido. Los activos de GLD
alcanzaron valores superiores a 19.000 millones
de dólares, frente a 1.300 millones
hace cuatro años. “Eso es señal
de que hay una búsqueda frenética
de buenos retornos”. Morningstar advierte
en un análisis sobre los pros y los
contras del GLD.
La empresa añade que otro factor
negativo es que los ganancias obtenidas
con las inversiones en GLD son gravados
de acuerdo con cuotas de impuesto sobre
la renta que llegan a un 28%, mientras las
ganancias de capital en acciones, y también
la mayor parte de los fondos mutuos, son
gravados de acuerdo con cuotas que no sobrepasan
un 15%, con tal de que la inversión
hecha se extienda, como mínimo, durante
doce meses.
Algunas empresas, como The Perth Mint, propiedad
del gobierno de Australia Occidental, vende
oro a pequeños inversores mediante
certificados que representan el volumen
de oro depositado en los cofres de las empresas.
Aunque ésa sea una forma conveniente
de apostar por los precios del oro, las
tasas y las comisiones suelen ser mayores
que las utilizadas en la comercialización
del GLD, sobre todo si las transacciones
se hicieron online a través de corredores
de bolsa que ofrecen grandes descuentos.
Los inversores pueden también apostar
en el mercado de oro por medio de la compraventa
de acciones de empresas mineras. Diversos
fondos mutuos se especializaron en ese nicho.
Pero no se trata de una apuesta pura y simple
en los precios del oro, ya que el valor
de las empresas está influida por
el mismo conjunto de factores que afectan
cualquier empresa con acciones en bolsa
como, por ejemplo, la confianza en la gestión
de la empresa, el tamaño de su inventario
y los cambios ocurridos en los costes de
la mano de obra.
Finalmente, los pequeños inversores
pueden negociar contratos futuros de oro
en la Bolsa de Commodities de Nueva York.
El contrato de futuros estándar es
de cien onzas, mientras el contrato mini-gold,
para pequeños inversores, es de 33,2
onzas. Las transacciones de futuros, sin
embargo, son reservadas a inversores sofisticados
que mantienen sus posiciones bajo control
diariamente, puesto que los futuros trabajan
con precios extremadamente volátiles.
Para mucha gente, las nuevas subidas de
los precios del oro representan una oportunidad
de deshacerse de joyas no deseadas. En ese
sentido, Internet perfeccionó el
viejo método por lo cual el interesado
recurría a una tienda de empeño
o a un joyero. “De pronto, el segmento
del oro está que arde, y los precios
no paran de subir”, observa Peter
S. Fader, profesor de Marketing de Wharton.
Empresas como Lippincott, LLC, hacen mucha
publicidad en la televisión y en
Internet. El programa Goldkit de Lippincott,
empresa con 20 años de experiencia
en el mercado, acepta bienes de oro, como
anillos, por ejemplo, por correo, evalúa
la pieza y envía un cheque por el
correo al vendedor. Lippincott paga por
el envío de la mercancía,
por el seguro de la pieza, y suministra
el material de embalaje gratuitamente. El
vendedor, insatisfecho con el precio ofrecido,
puede devolver el cheque y recuperar el
ítem enviado sin ninguna carga y
debidamente asegurado.
“Empresas de ese tipo acaban con la
mala imagen que tienen las personas sobre
recurrir a una tienda de empeño o
a una joyería”, dice Fader.
“Emprendedores ingeniosos están
descubriendo medios de explorar esa atracción
especial por el oro actualmente. Hay un
segmento de individuos de poder adquisitivo
elevado que se niegan a tratar personalmente
en ese tipo de negocio, y cuyo potencial
permanece sin explorar [...] Quién
consiga ir en busca de ese segmento, y sea
capaz de vencer su resistencia, tendrá
en sus manos una verdadera mina de oro”.
Anillos de oro y pendientes solitarios
Actualmente, dice Fader, existe una especie
de carrera del oro en Internet, en la medida
en que las empresas tratan de adquirir rápidamente
dominios que contengan la palabra “oro”.
Las compañías de éxito,
prevé Fader, serán aquellas
que diversifiquen sus intereses adquiriendo
también otros ítems de valor,
como relojes finos, de manera que sobrevivan
después de que la caída de
los precios del oro afecte al mercado de
los anillos y de los pendientes solitarios.
Algunas empresas, dice Fader, están
invirtiendo en procedimientos que atenúen
el sentimiento de culpa que tienen las personas
siempre que meditan vender reliquias de
la familia. Hay fórmulas que permiten
canalizar el ingreso de las ventas hacia
instituciones de caridad.
Avances obtenidos por los fondos cotizados
(ETFs) y por las negociaciones vía
Internet hacen menos complicadas las transacciones
con oro. Pero “no importa cuanto se
modernice el mercado de oro, sus características
principales no deberán cambiar”,
dice Siegel.
Aunque el oro sea considerado una commodity,
no siempre se comporta como otras commodities,
como el petróleo o el trigo, que
se agotan y necesitan ser repuestos continuamente,
dice Siegel. Después de ser extraído
y transformado en joya, el oro se queda
en el mercado. Por lo tanto, el abastecimiento
siempre está creciendo, lo que ayuda
a explicar por qué sus precios nunca
suben a largo plazo.
Cerca de un 70% del oro explotado acaba
transformándose en joya, un ítem
del que el consumidor fácilmente
prescinde en épocas de crisis financiera.
El otro 30% es empleado en circuitos electrónicos
o canalizado hacia otros fines industriales.
A lo largo de la historia, el oro nunca
fue una protección muy buena contra
la inflación porque “no se
trata de un recurso de naturaleza productiva”,
observa Siegel. Las acciones, por norma,
tienen un desempeño mejor respecto
a la inflación porque las empresas
elevan los precios cuando la inflación
sube; además de eso, los activos
como edificios y fábricas también
se revalorizan. La creciente productividad
también ayuda a los precios de las
acciones a que se mantengan frente a la
inflación. El oro no cuenta con ninguno
de esos factores a su favor. En realidad,
la eficiencia cada vez mayor observada en
la explotación de minas aumenta la
oferta de oro, frenando las ganancias obtenidas
con los precios a largo plazo.
Allen cree que una pequeña reserva
de oro puede ser interesante para el pequeño
inversor que desea la tranquilidad derivada
de un activo que mantiene su valor incluso
en la peor crisis económica. “Si
las cosas realmente empeoraran en lo que
se refiere a la inflación y otros
factores, el oro estará a salvo”.
Sin embargo, esa reserva debe ser pequeña
— sólo un modesto porcentaje
de la cartera con inversiones en dinero.
Sería una tontería deshacerse
de acciones y adquirir oro, dice Allen”.
“Los tristes y melancólicos
de modo general retienen el oro” como
una especie de seguro contra el desastre
financiero, añade Siegel. “Creo
que las personas pagan un precio demasiado
elevado por esa política de seguro”
a los precios actuales, dice Siegel, sugiriendo
con eso que, a largo plazo, las inversiones
en oro son casi siempre decepcionantes.
“No creo que haya lugar para él
en una cartera de largo plazo”.
|